Visita
Hay lugares de mi vida, momentos de mi vida, que prefiguraron todo esto. A veces se me antojaba, cuando los vivía, que algún día habría de visitarlos nuevamente y que, de alguna manera, no sé de cual, esos retazos de existencia me redimirían del abatimiento que me acompañaba. Yo he tratado de encontrarme en ese calidoscopio: un desengañado atardecer bajo la luna de Ámsterdam; Porte des Lilas y la Plaza Venezuela de Caracas, con la misma mujer y la misma nausea de mí mismo e, indefectiblemente, siempre, una imagen que vuelve una y otra vez: la noche de mi adolescencia en que por primera vez entré a un burdel. He deseado rehacer ese episodio muchas veces, pero lo que viene a mi memoria es un cúmulo de sensaciones que se contradicen… Es mediodía y atravieso el centro de Caracas, y, enseguida, estoy sentado en una butaca del Teatro Montecarlo, contemplando en la tercera vuelta una película que se llama Hijas Descarriadas. Es una película en blanco y negro en la que una muchacha delgada y enjuta asiste a una orgía vespertina. La muchacha es seducida por una amazona de montera y en algún momento, en medio del sarao, ella se despoja de la blusa, o alguien la despoja, no recuerdo, y ofrece a los presentes sus dos pequeños senos puntiagudos. Yo espero —como habré de esperar tantas veces— la escena de la chica de los senos puntiagudos, la anticipo una y otra vez. Yo aguardo en silencio, en medio de la sala atiborrada de mirones y veo a la chica que vuelve a aparecer a lo largo de la sesión continua y remonto el intermedio en el que la luz me deja desamparado junto a todos los voyeurs y vuelvo a recuperar la oscuridad para acechar su aparición. Horas después, estoy atravesando la ciudad, decidido a romper mi juramento de tantos años: me conservaré virgen hasta tener una esposa, jamás volveré sobre los pasos de mi padre, te querré, madre, estás conmigo. Ahora me entreveo sentado en la hornacina del autobús, arrepentido hasta el infinito de mi decisión y, a la vez, lanzándome al vacío, arribando por fin a la noche de ese mismo día y atravesando Sabana Grande, una Sabana Grande a medio construir, con baldíos inopinados y túmulos pantanosos, que no es ni la sombra de la que dejé en Caracas. Reconstruyo mi imagen entrando allí, empujando una puerta de madera, mal pintada, en la que destaca un número: 279. Y luego me reencuentro en el burdel que conociera una semana antes junto con tres o cuatro compañeros del bachillerato la tarde en que tomamos por asalto el mundo frente a las prostitutas repartidas en el patiecito central de una casita modesta, con dos o tres habitaciones, unas putas pobres, casi domésticas. Yo me veo, ahora sólo, en medio del patio empobrecido, en medio de la noche, en medio de mí mismo, buscando a Teresa. Estoy allí, dispuesto al sacrificio, ofrendado a mi lujuria, hundido en la fantasía de ser otro, otro que se deja tomar la mano por Teresa, otro que entra a la habitación paupérrima y se desnuda y se deja asear por ella, otro que se acuesta a su lado y no sabe qué hacer con aquel cuerpo inexplicable, con la aspereza de su vello púbico, con la secreta obligación que surge de su condescendencia. Yo trato de reconstruir, sin conseguirlo, el instante en el que Teresa me pregunta qué me pasa, el instante que me transfiguro en otro, ahora sí, y que le invento que vengo agotado del trabajo, que ruego que me perdone y me tumbó a su lado, vencido por primera vez.

