Memoria
¿Cómo vine a parar aquí?
Rescato el primer cascajo que me ofrece la memoria y mi rostro se materializa en la penumbra de un apartamento de la urbanización El Veintitrés de Enero, en cuyo seno mi familia cumple una visita, no sé a quién, no sé cuándo. En el centro del recuerdo hay otros niños y la presencia de los adultos se deslíe como un brochazo confuso sobre el sepia de una tarde. Hay un trazo blanco, eso sí, distinto y lacerante: la carcajada de una niña. La niña es delgada, ríe y me extiende lo que parece ser un pequeño larga vistas. Cuando me asomo al visor, un cuerpo desnudo de mujer me muestra su sexo depilado, expuesto como un tajo. La risa burlona de la niña tintinea y se transforma en un escozor en la garganta, en un regusto a lágrima que perdura durante toda la adolescencia y que emerge, muchos años después, en el recuerdo de una compañera de trabajo, de busto pendulante, cuya textura y peso ausentes me perseguirán cuando cumpla veinte años.
Otro recuerdo: el pecho turgente de mi madre, recién parida de uno de mis hermanos. Estoy en su habitación. Ella se hinca frente a mí, o se sienta a un costado de la cama, y no sé por cual razón, o en virtud de cuál urgencia, hace brotar de su blusa un pezón oscuro cuya imprevista obscenidad me maravilla.
Un recuerdo más: es de noche y mi madre duerme. Tengo trece años. He deambulado por la urbanización oscurecida con Efrén y cargo con el peso de sus confesiones: su hermano mayor se coge a las muchachas, él mismo se masturba mirando a escondidas a la menor de sus tías, su primo Alexander tiene el pene grande y se coge a todo el mundo. Bajo la cabeza y penetro en la habitación de mi madre y hago lo que siempre he hecho para despertarla, moverme apenas, dejar que el roce de mi pantalón sobre el edredón de su cama arme un escándalo en el silencio absoluto de la noche. Mi madre se incorpora. Yo doy un paso y musito que quiero hablar con ella, que me siento solo, y termino postulando que soy mejor que mis amigos, que nunca repetiré la historia de mi padre, que jamás le causaré daño a una muchacha. Mi madre me sonríe, me acoge, me abraza.
Un último recuerdo. De pie, trepado al montículo de ropa fragante en el que suelen desaparecer mis soldaditos de plástico, me aferro a la celosía que mira hacia el bloque vecino. No sé porqué echo mano a una de las revistas de chistes de mi madre y leo un chascarrillo que en el fondo no comprendo: una pareja extenuada ha decidido practicar la abstinencia cada mes del año cuyo nombre no contenga la letra ere. Pasa el mes de mayo y los esposos se mantienen fieles a su penitencia. Transcurren los meses de junio y julio y en agosto el esposo le pregunta a su mujer en qué mes están y ella responde, "en "agostro, mi amor, en agostro"". Y ese nombre, que me produce profundo desasosiego, retumba en mi mente una y otra vez: "agostro"… "agostro".
No tengo más recuerdos de mi infancia.

