Interregno
¿Cuándo comenzó la rabia? ¿Cuándo comenzó el miedo? Me veo en los bloques de Petare cerca de la Iglesia Parroquial en la que me enamoré de ti, Marisol. Soy un joven de dieciocho años y hay un cielo sólido y oscuro y es diciembre, no sé, un mes como ese. Eres mi novia reciente y por algún motivo no te has asomado al balcón y yo me hundo en la rabia infinita de sentirme traicionado. No recuerdo casi nada, un escorzo de esa noche, un perfil cortando la penumbra frente a la capilla y yo transitando hacia la casa parroquial y la rabia apoderándose de la vida y el sentimiento indomable de haber sido traicionado. Presumo que estuve hilando cada minuto de venganza hasta que por fin apareciste y que permaneciste callada, cabizbaja y silenciosa frente a mí, callada como siempre eras, bella en tu cavilar de niña sumida en la noche de ti misma que siempre te conocí. Sólo adivino que no dijiste nada, que sin comprender me perdonaste y que en algún momento agoté mi indignación, ese mismo día o quizás días después, cuando la ira de haberme sentido traicionado dejó de torturarme y se me agotaron las razones para odiarte por haberme puesto en ocasión de haberme odiado.
¿Cuántas veces me prendió esta sed de venganza que me consume ahora?
Me veo más atrás: me veo abatido bajo la luz amarillenta del único baño del caserón de Petare Colonial. Me veo llorando e insultando a mi tío frente al espejo, riñendo en soledad con su traición. Me veo enrostrando su indolencia, su empeño en ignorarme, mientras afuera un vecino me suplanta en la velada familiar. Luego me veo de vuelta a la fiesta improvisada, callado y compadecido de mí mismo y logro imaginar el odio que sentí por mi madre en el momento en que le dio por consolarme. Esa es la rabia que me acompaña hasta este final de viaje, la veo sembrada a lo largo del camino de mi vida, entretejida de mis gestos, de mis dogmas, de mis alegrías, la descubro siempre junto a mí y me veo condenado.

