platosretreat

May 13, 2007

Memoria

Filed under: Fragmentos

¿Cómo vine a parar aquí?

Rescato el primer cascajo que me ofrece la memoria y mi rostro se materializa en la penumbra de un apartamento de la urbanización El Veintitrés de Enero, en cuyo seno mi familia cumple una visita, no sé a quién, no sé cuándo. En el centro del recuerdo hay otros niños y la presencia de los adultos se deslíe como un brochazo confuso sobre el sepia de una tarde. Hay un trazo blanco, eso sí, distinto y lacerante: la carcajada de una niña. La niña es delgada, ríe y me extiende lo que parece ser un pequeño larga vistas. Cuando me asomo al visor, un cuerpo desnudo de mujer me muestra su sexo depilado, expuesto como un tajo. La risa burlona de la niña tintinea y se transforma en un escozor en la garganta, en un regusto a lágrima que perdura durante toda la adolescencia y que emerge, muchos años después, en el recuerdo de una compañera de trabajo, de busto pendulante, cuya textura y peso ausentes me perseguirán cuando cumpla veinte años.

Otro recuerdo: el pecho turgente de mi madre, recién parida de uno de mis hermanos. Estoy en su habitación. Ella se hinca frente a mí, o se sienta a un costado de la cama, y no sé por cual razón, o en virtud de cuál urgencia, hace brotar de su blusa un pezón oscuro cuya imprevista obscenidad me maravilla.

Un recuerdo más: es de noche y mi madre duerme. Tengo trece años. He deambulado por la urbanización oscurecida con Efrén y cargo con el peso de sus confesiones: su hermano mayor se coge a las muchachas, él mismo se masturba mirando a escondidas a la menor de sus tías, su primo Alexander tiene el pene grande y se coge a todo el mundo. Bajo la cabeza y penetro en la habitación de mi madre y hago lo que siempre he hecho para despertarla, moverme apenas, dejar que el roce de mi pantalón sobre el edredón de su cama arme un escándalo en el silencio absoluto de la noche. Mi madre se incorpora. Yo doy un paso y musito que quiero hablar con ella, que me siento solo, y termino postulando que soy mejor que mis amigos, que nunca repetiré la historia de mi padre, que jamás le causaré daño a una muchacha. Mi madre me sonríe, me acoge, me abraza.

Un último recuerdo. De pie, trepado al montículo de ropa fragante en el que suelen desaparecer mis soldaditos de plástico, me aferro a la celosía que mira hacia el bloque vecino. No sé porqué echo mano a una de las  revistas de chistes de mi madre y leo un chascarrillo que en el fondo no comprendo: una pareja extenuada ha decidido practicar la abstinencia cada mes del año cuyo nombre no contenga la letra ere. Pasa el mes de mayo y los esposos se mantienen fieles a su penitencia. Transcurren los meses de junio y julio y en agosto el  esposo le pregunta a su mujer en qué mes están y ella responde, "en "agostro, mi amor, en agostro"". Y ese nombre, que me produce profundo desasosiego, retumba en mi mente una y otra vez: "agostro"… "agostro".

No tengo más recuerdos de mi infancia.

Interregno

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¿Cuándo comenzó la rabia? ¿Cuándo comenzó el miedo? Me veo en los bloques de Petare cerca de la Iglesia Parroquial en la que me enamoré de ti, Marisol. Soy un joven de dieciocho años y hay un cielo sólido y oscuro y es diciembre, no sé, un mes como ese. Eres mi novia reciente y por algún motivo no te has asomado al balcón y yo me hundo en la rabia infinita de sentirme traicionado. No recuerdo casi nada, un escorzo de esa noche, un perfil cortando la penumbra frente a la capilla y yo transitando hacia la casa parroquial y la rabia apoderándose de la vida  y el sentimiento indomable de haber sido traicionado. Presumo que estuve hilando cada minuto de venganza hasta que por fin apareciste y que permaneciste  callada, cabizbaja y silenciosa frente a mí, callada como siempre eras, bella en tu cavilar de niña sumida en la noche de ti misma que siempre te conocí. Sólo adivino que no dijiste nada, que sin comprender me perdonaste y que en algún momento agoté mi indignación, ese mismo día o quizás días después, cuando la ira de haberme sentido traicionado dejó de torturarme y se me agotaron las razones para odiarte por haberme puesto en ocasión de haberme odiado.

¿Cuántas veces me prendió esta sed de venganza que me consume ahora?

Me veo más atrás: me veo abatido bajo la luz amarillenta del único baño del caserón de Petare Colonial. Me veo llorando e insultando a mi tío frente al espejo, riñendo en soledad con su traición. Me veo enrostrando su indolencia, su empeño en ignorarme, mientras afuera un vecino me suplanta en la velada familiar. Luego me veo de vuelta a la fiesta improvisada, callado y compadecido de mí mismo y logro imaginar el odio que sentí por mi madre en el momento en que le dio por consolarme. Esa es la rabia que me acompaña hasta este final de viaje, la veo sembrada a lo largo del camino de mi vida, entretejida de mis gestos, de mis dogmas, de mis alegrías, la descubro  siempre junto a mí y me veo condenado.






















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