platosretreat

May 6, 2007

Recuerdos

Filed under: Fragmentos

A los quince años, o a los diecisiete no sé, yo era un muchacho solitario, encerrado en un cuarto solitario, cuyas paredes, tristes también, atesoraban una angustia de la que hoy sólo resta una vaga melancolía. Yo me veo allí, todas las noches, cada noche de una larga estación de atardeceres y recuerdo que mi madre se ausentaba y que mis hermanos se iban a la calle, o no estaban, eso no lo sé, porque la precaria certidumbre que me ata a ellos, ausentes y presentes en mi vida, es otra de las brumas que no logro disipar. Yo me refugiaba en aquella estrecha habitación de paredes mal frisadas, siempre atardecidas, siempre cubiertas de la pátina de una tristeza íntima, a guarecerme no sé de qué, y sin saber, también a alimentar, eso tampoco lo logro saber, un temor que debe haber sido el de la muerte . En esa tristeza, supongo yo,  anidó el vértigo de una mujer desnuda. Yo creo que en algún momento cambié  mi corazón puro de niño  por el corazón desbocado y angustioso (también de niño, pero de un niño envejecido) del hombre que estaba comenzando a ser. Supongo que en algún instante, contemplando aquellas pareces mal frisadas durante una de mis noches de pavor, aterido por la ausencia de mi madre, por la muerte que rondaba aquel apartamento en soledad, por el absurdo de estar sólo y no encontrar a nadie que se hiciera cargo del amor que tanto me acosaba,  debí rendirme al trastorno de un deseo que era como  la envoltura de un vacío, como el traje transparente que me ha venido separando de la  vida que con tantas ansías hubiera querido yo vivir. Recuerdo algunas noches en las que la voz gangosa de Louis Armstrong me llegaba como un consuelo, quizás después, a los diecisiete o a los dieciocho años. Recuerdo la caricia de “A kiss to build a dream on”, su compás flotante, su promesa de un más allá que ha estado siempre al filo de mi vida, en un adagio, en un risco amanecido, en esos ojos tuyos, Marisol que ya no estás conmigo. Esa fue quizás la torcedura del camino que me condujo hasta a esta ciudad de nadie. Yo veo mi vida dividida en dos, me veo a mí mismo escindido como un cuerpo y su fantasma o, mejor, veo a mi fantasma duplicar cada movimiento mío, cada palabra mía, cada uno de mis gestos y su contramarcha.  He vivido dos vidas y ninguna: una de ellas detenida  en el pavor  que siempre me produjo la muerte eternamente en vilo de mi madre (que de concretarse, iba a ser también la muerte mía,  el naufragio de aquella habitación en un remolino que barrería con el sentido y con el sin sentido,  tragándose al universo entero),  y una segunda vida plena y abierta a lo imposible, accesible tan solo a mi fantasma. 

¿Cuándo comenzó todo esto?

Me veo ahora acodado sobre la lavadora, la nave blanca de los sueños de mi infancia. Veo a dos niños de los muchos niños que fui, o mejor, a un niño y a casi un hombre. El niño  se extasía frente a los copos de jabón y entrega sus manitas a la caricia del agua cristalina. El niño hace montañas de las nubes de jabón, icebergs efímeros que el chorro de la lavadora disipa y está feliz de haberse mudado al apartamento con su madre. El niño, que soy yo, o que todavía no soy yo,  o que quizás es el que siempre he sido, atesora la ilusión de ese improvisado lago que es nuevo como el apartamento nuevo y su corazón boga en el estuario diminuto en el que las nubes y los icebergs se trasmutan a su antojo en pompas de jabón. Es el niño que no logro recuperar, que odia y ama a sus hermanos, que anduvo feliz y triste inventando los rincones de la casa, que vive los instantes que se me esconderán toda la vida, las risas y los llantos que intento recobrar, las caricias que quizás no se me dieron, mis temores y sobre todo, la ausencia de mi padre.

Recuerdo ahora al fantasma de mi padre, de pie junto a la cocina, una sola noche de mi vida. O, mejor, recuerdo su sonrisa: mi padre es una sonrisa en la penumbra, una sonrisa ajena, bella podría decir ahora, pero de esa belleza asfixiante que tiene lo imposible. Tengo cuatro años y mi padre le sonríe a mi madre  y yo me interpongo entre su sonrisa y la mirada enamorada de mi madre  y la imagen de mi padre se interna en la región sin tiempo que tienen sus fotos desleídas, su guiño a lo Dillinger con el pie sobre el guardabarros del Citroen de mi tío, siempre con el sombrero ladeado, siempre la mirada altiva, siempre sonriendo.

Otro de mis días: Estoy solo en el apartamento con mi madre (siempre me recuerdo solo) y no sé por qué razón me asomo a la ventana y  descubro un enjambre de tractores que asalta la montaña frente al apartamento nuevo. Celebro esa aparición junto con mi madre y con mi tía Carlota cada vez que nos visita y,  al paso de los días, bautizo los tractores con nombres y rutinas. Veo pasar frente a mis ojos aquellos días en los que el verde se demuda, en que la colina se transforma en polvareda, en el que paisaje al que se asoma la ventana del apartamento nuevo se transmuta poco a poco en el cerro de las exploraciones infantiles, en el territorio de los escondites, en el cañón donde nacen las inundaciones que arropan el estacionamiento frente a la ventana, en el altozano de las exploraciones juveniles, en el peñasco de las fugas… Y mucho después, cuando la adolescencia me traiga el privilegio de visitar ese mismo paisaje en las noches y el resplandor de la luna llena lo bañe de platas y de sombras, Efrén, Manuel, Carlos y yo, adolescentes, lo bautizaremos "la luna",  retozaremos en su arena liberada, nos hundiremos en su polvillo irreverente y en la madrugada soñaremos desde la luna y hacia la luna un mundo que jamás será verdad. Y  de esa luna por venir,  el niño que soy yo a los cinco años mira cómo los tractores van labrando  su futura orografía,  y mientras los contemplo,  va naciendo en mi cabeza la saga humilde que comparto con mi madre, con tía Carlota que siempre me visita, una saga que nace en la ventana del apartamento nuevo y conduce hasta la panadería del pequeño centro comercial. Mi infancia son aquellos meses: una tarde en la que tía Carlota me regaló una pelota roja y mi llanto inconsolable cuando la bruja de la planta baja lo secuestró por haber caído en su jardín;  las  mañanas en las que el portugués traía el mercado y mi madre lo atendía a tientas, y por esos días,  mi segundo hermano con la cara rota y el desconcierto de mi madre preguntando porqué había empujado el cochecito a la calzada y yo, sin saber cómo explicárselo, fingiendo mi inocencia e implorando en silencio su castigo.

Veo a mi ingenuidad prolongarse en los años venideros (¿o quizás, se esfuma?): tengo ahora seis o siete años y mis botas huellan el fondo rocoso  del cañón que han dejado los tractores: soy geólogo, prospecto de todo lo que viene y, algunas veces, contemplo en lejanía el apartamento desde la cúspide que ha dejado la erosión. Un día Efrén pasa junto conmigo la revista mineralógica y del cerro viene bajando Paquito, el andino de la escalera C. Más atrás vienen Chamón y otros muchachos y se ríen y celebran porque se cogieron a Paquito y yo no entiendo cómo se cogieron a Paquito y Efrén le pregunta a Paquito si se lo cogieron y Paquito lo amenaza y Efrén lo tira de la franela rota y Paquito se acomoda el pantalón y se va corriendo y Efrén no me explica nada salvo que se cogieron a Paquito y que a veces lo invitan y a él no le gusta participar. Yo no entiendo cómo se cogieron a Paquito. Yo reflexiono mucho en lo significa que se cogieron a Paquito y me descubro  a mí mismo,  días o meses después,  en el baño de mi casa,  asaltado por una súbita iluminación, porque acabo de comprender cómo se cogieron a Paquito y entiendo también por qué me gustan tanto las muchachas de El  Gallo Pelón.

Pasa el tiempo.  Yo —supongo ahora— intento vivir sin la angustia de que los muchachos se cogieron a Paquito. A veces, escalo el cerro junto con Efrén y miro a los niños que juegan a las metras o a los trompos. Otras veces permanezco en soledad,  trepado a la planicie infinitamente blanca de la lavadora, leyendo un libro de Robert Hodson y conquistando, junto a Roald Amundsen y  sus cincuenta y dos perros,   el albo inacabable del Polo Sur. Cuántas millas recorro sobre la lavadora blanca. Cuántos viajes al centro de la tierra y al corazón de los Montes Urales llevo a término desde su superficie esmaltada. Y, sin embargo,  cuán pronto el niño de tantos misterios es el hombre que no sabe porqué está aquí.

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