platosretreat

May 13, 2007

Memoria

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¿Cómo vine a parar aquí?

Rescato el primer cascajo que me ofrece la memoria y mi rostro se materializa en la penumbra de un apartamento de la urbanización El Veintitrés de Enero, en cuyo seno mi familia cumple una visita, no sé a quién, no sé cuándo. En el centro del recuerdo hay otros niños y la presencia de los adultos se deslíe como un brochazo confuso sobre el sepia de una tarde. Hay un trazo blanco, eso sí, distinto y lacerante: la carcajada de una niña. La niña es delgada, ríe y me extiende lo que parece ser un pequeño larga vistas. Cuando me asomo al visor, un cuerpo desnudo de mujer me muestra su sexo depilado, expuesto como un tajo. La risa burlona de la niña tintinea y se transforma en un escozor en la garganta, en un regusto a lágrima que perdura durante toda la adolescencia y que emerge, muchos años después, en el recuerdo de una compañera de trabajo, de busto pendulante, cuya textura y peso ausentes me perseguirán cuando cumpla veinte años.

Otro recuerdo: el pecho turgente de mi madre, recién parida de uno de mis hermanos. Estoy en su habitación. Ella se hinca frente a mí, o se sienta a un costado de la cama, y no sé por cual razón, o en virtud de cuál urgencia, hace brotar de su blusa un pezón oscuro cuya imprevista obscenidad me maravilla.

Un recuerdo más: es de noche y mi madre duerme. Tengo trece años. He deambulado por la urbanización oscurecida con Efrén y cargo con el peso de sus confesiones: su hermano mayor se coge a las muchachas, él mismo se masturba mirando a escondidas a la menor de sus tías, su primo Alexander tiene el pene grande y se coge a todo el mundo. Bajo la cabeza y penetro en la habitación de mi madre y hago lo que siempre he hecho para despertarla, moverme apenas, dejar que el roce de mi pantalón sobre el edredón de su cama arme un escándalo en el silencio absoluto de la noche. Mi madre se incorpora. Yo doy un paso y musito que quiero hablar con ella, que me siento solo, y termino postulando que soy mejor que mis amigos, que nunca repetiré la historia de mi padre, que jamás le causaré daño a una muchacha. Mi madre me sonríe, me acoge, me abraza.

Un último recuerdo. De pie, trepado al montículo de ropa fragante en el que suelen desaparecer mis soldaditos de plástico, me aferro a la celosía que mira hacia el bloque vecino. No sé porqué echo mano a una de las  revistas de chistes de mi madre y leo un chascarrillo que en el fondo no comprendo: una pareja extenuada ha decidido practicar la abstinencia cada mes del año cuyo nombre no contenga la letra ere. Pasa el mes de mayo y los esposos se mantienen fieles a su penitencia. Transcurren los meses de junio y julio y en agosto el  esposo le pregunta a su mujer en qué mes están y ella responde, "en "agostro, mi amor, en agostro"". Y ese nombre, que me produce profundo desasosiego, retumba en mi mente una y otra vez: "agostro"… "agostro".

No tengo más recuerdos de mi infancia.

Interregno

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¿Cuándo comenzó la rabia? ¿Cuándo comenzó el miedo? Me veo en los bloques de Petare cerca de la Iglesia Parroquial en la que me enamoré de ti, Marisol. Soy un joven de dieciocho años y hay un cielo sólido y oscuro y es diciembre, no sé, un mes como ese. Eres mi novia reciente y por algún motivo no te has asomado al balcón y yo me hundo en la rabia infinita de sentirme traicionado. No recuerdo casi nada, un escorzo de esa noche, un perfil cortando la penumbra frente a la capilla y yo transitando hacia la casa parroquial y la rabia apoderándose de la vida  y el sentimiento indomable de haber sido traicionado. Presumo que estuve hilando cada minuto de venganza hasta que por fin apareciste y que permaneciste  callada, cabizbaja y silenciosa frente a mí, callada como siempre eras, bella en tu cavilar de niña sumida en la noche de ti misma que siempre te conocí. Sólo adivino que no dijiste nada, que sin comprender me perdonaste y que en algún momento agoté mi indignación, ese mismo día o quizás días después, cuando la ira de haberme sentido traicionado dejó de torturarme y se me agotaron las razones para odiarte por haberme puesto en ocasión de haberme odiado.

¿Cuántas veces me prendió esta sed de venganza que me consume ahora?

Me veo más atrás: me veo abatido bajo la luz amarillenta del único baño del caserón de Petare Colonial. Me veo llorando e insultando a mi tío frente al espejo, riñendo en soledad con su traición. Me veo enrostrando su indolencia, su empeño en ignorarme, mientras afuera un vecino me suplanta en la velada familiar. Luego me veo de vuelta a la fiesta improvisada, callado y compadecido de mí mismo y logro imaginar el odio que sentí por mi madre en el momento en que le dio por consolarme. Esa es la rabia que me acompaña hasta este final de viaje, la veo sembrada a lo largo del camino de mi vida, entretejida de mis gestos, de mis dogmas, de mis alegrías, la descubro  siempre junto a mí y me veo condenado.

May 6, 2007

Recuerdos

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A los quince años, o a los diecisiete no sé, yo era un muchacho solitario, encerrado en un cuarto solitario, cuyas paredes, tristes también, atesoraban una angustia de la que hoy sólo resta una vaga melancolía. Yo me veo allí, todas las noches, cada noche de una larga estación de atardeceres y recuerdo que mi madre se ausentaba y que mis hermanos se iban a la calle, o no estaban, eso no lo sé, porque la precaria certidumbre que me ata a ellos, ausentes y presentes en mi vida, es otra de las brumas que no logro disipar. Yo me refugiaba en aquella estrecha habitación de paredes mal frisadas, siempre atardecidas, siempre cubiertas de la pátina de una tristeza íntima, a guarecerme no sé de qué, y sin saber, también a alimentar, eso tampoco lo logro saber, un temor que debe haber sido el de la muerte . En esa tristeza, supongo yo,  anidó el vértigo de una mujer desnuda. Yo creo que en algún momento cambié  mi corazón puro de niño  por el corazón desbocado y angustioso (también de niño, pero de un niño envejecido) del hombre que estaba comenzando a ser. Supongo que en algún instante, contemplando aquellas pareces mal frisadas durante una de mis noches de pavor, aterido por la ausencia de mi madre, por la muerte que rondaba aquel apartamento en soledad, por el absurdo de estar sólo y no encontrar a nadie que se hiciera cargo del amor que tanto me acosaba,  debí rendirme al trastorno de un deseo que era como  la envoltura de un vacío, como el traje transparente que me ha venido separando de la  vida que con tantas ansías hubiera querido yo vivir. Recuerdo algunas noches en las que la voz gangosa de Louis Armstrong me llegaba como un consuelo, quizás después, a los diecisiete o a los dieciocho años. Recuerdo la caricia de “A kiss to build a dream on”, su compás flotante, su promesa de un más allá que ha estado siempre al filo de mi vida, en un adagio, en un risco amanecido, en esos ojos tuyos, Marisol que ya no estás conmigo. Esa fue quizás la torcedura del camino que me condujo hasta a esta ciudad de nadie. Yo veo mi vida dividida en dos, me veo a mí mismo escindido como un cuerpo y su fantasma o, mejor, veo a mi fantasma duplicar cada movimiento mío, cada palabra mía, cada uno de mis gestos y su contramarcha.  He vivido dos vidas y ninguna: una de ellas detenida  en el pavor  que siempre me produjo la muerte eternamente en vilo de mi madre (que de concretarse, iba a ser también la muerte mía,  el naufragio de aquella habitación en un remolino que barrería con el sentido y con el sin sentido,  tragándose al universo entero),  y una segunda vida plena y abierta a lo imposible, accesible tan solo a mi fantasma. 

¿Cuándo comenzó todo esto?

Me veo ahora acodado sobre la lavadora, la nave blanca de los sueños de mi infancia. Veo a dos niños de los muchos niños que fui, o mejor, a un niño y a casi un hombre. El niño  se extasía frente a los copos de jabón y entrega sus manitas a la caricia del agua cristalina. El niño hace montañas de las nubes de jabón, icebergs efímeros que el chorro de la lavadora disipa y está feliz de haberse mudado al apartamento con su madre. El niño, que soy yo, o que todavía no soy yo,  o que quizás es el que siempre he sido, atesora la ilusión de ese improvisado lago que es nuevo como el apartamento nuevo y su corazón boga en el estuario diminuto en el que las nubes y los icebergs se trasmutan a su antojo en pompas de jabón. Es el niño que no logro recuperar, que odia y ama a sus hermanos, que anduvo feliz y triste inventando los rincones de la casa, que vive los instantes que se me esconderán toda la vida, las risas y los llantos que intento recobrar, las caricias que quizás no se me dieron, mis temores y sobre todo, la ausencia de mi padre.

Recuerdo ahora al fantasma de mi padre, de pie junto a la cocina, una sola noche de mi vida. O, mejor, recuerdo su sonrisa: mi padre es una sonrisa en la penumbra, una sonrisa ajena, bella podría decir ahora, pero de esa belleza asfixiante que tiene lo imposible. Tengo cuatro años y mi padre le sonríe a mi madre  y yo me interpongo entre su sonrisa y la mirada enamorada de mi madre  y la imagen de mi padre se interna en la región sin tiempo que tienen sus fotos desleídas, su guiño a lo Dillinger con el pie sobre el guardabarros del Citroen de mi tío, siempre con el sombrero ladeado, siempre la mirada altiva, siempre sonriendo.

Otro de mis días: Estoy solo en el apartamento con mi madre (siempre me recuerdo solo) y no sé por qué razón me asomo a la ventana y  descubro un enjambre de tractores que asalta la montaña frente al apartamento nuevo. Celebro esa aparición junto con mi madre y con mi tía Carlota cada vez que nos visita y,  al paso de los días, bautizo los tractores con nombres y rutinas. Veo pasar frente a mis ojos aquellos días en los que el verde se demuda, en que la colina se transforma en polvareda, en el que paisaje al que se asoma la ventana del apartamento nuevo se transmuta poco a poco en el cerro de las exploraciones infantiles, en el territorio de los escondites, en el cañón donde nacen las inundaciones que arropan el estacionamiento frente a la ventana, en el altozano de las exploraciones juveniles, en el peñasco de las fugas… Y mucho después, cuando la adolescencia me traiga el privilegio de visitar ese mismo paisaje en las noches y el resplandor de la luna llena lo bañe de platas y de sombras, Efrén, Manuel, Carlos y yo, adolescentes, lo bautizaremos "la luna",  retozaremos en su arena liberada, nos hundiremos en su polvillo irreverente y en la madrugada soñaremos desde la luna y hacia la luna un mundo que jamás será verdad. Y  de esa luna por venir,  el niño que soy yo a los cinco años mira cómo los tractores van labrando  su futura orografía,  y mientras los contemplo,  va naciendo en mi cabeza la saga humilde que comparto con mi madre, con tía Carlota que siempre me visita, una saga que nace en la ventana del apartamento nuevo y conduce hasta la panadería del pequeño centro comercial. Mi infancia son aquellos meses: una tarde en la que tía Carlota me regaló una pelota roja y mi llanto inconsolable cuando la bruja de la planta baja lo secuestró por haber caído en su jardín;  las  mañanas en las que el portugués traía el mercado y mi madre lo atendía a tientas, y por esos días,  mi segundo hermano con la cara rota y el desconcierto de mi madre preguntando porqué había empujado el cochecito a la calzada y yo, sin saber cómo explicárselo, fingiendo mi inocencia e implorando en silencio su castigo.

Veo a mi ingenuidad prolongarse en los años venideros (¿o quizás, se esfuma?): tengo ahora seis o siete años y mis botas huellan el fondo rocoso  del cañón que han dejado los tractores: soy geólogo, prospecto de todo lo que viene y, algunas veces, contemplo en lejanía el apartamento desde la cúspide que ha dejado la erosión. Un día Efrén pasa junto conmigo la revista mineralógica y del cerro viene bajando Paquito, el andino de la escalera C. Más atrás vienen Chamón y otros muchachos y se ríen y celebran porque se cogieron a Paquito y yo no entiendo cómo se cogieron a Paquito y Efrén le pregunta a Paquito si se lo cogieron y Paquito lo amenaza y Efrén lo tira de la franela rota y Paquito se acomoda el pantalón y se va corriendo y Efrén no me explica nada salvo que se cogieron a Paquito y que a veces lo invitan y a él no le gusta participar. Yo no entiendo cómo se cogieron a Paquito. Yo reflexiono mucho en lo significa que se cogieron a Paquito y me descubro  a mí mismo,  días o meses después,  en el baño de mi casa,  asaltado por una súbita iluminación, porque acabo de comprender cómo se cogieron a Paquito y entiendo también por qué me gustan tanto las muchachas de El  Gallo Pelón.

Pasa el tiempo.  Yo —supongo ahora— intento vivir sin la angustia de que los muchachos se cogieron a Paquito. A veces, escalo el cerro junto con Efrén y miro a los niños que juegan a las metras o a los trompos. Otras veces permanezco en soledad,  trepado a la planicie infinitamente blanca de la lavadora, leyendo un libro de Robert Hodson y conquistando, junto a Roald Amundsen y  sus cincuenta y dos perros,   el albo inacabable del Polo Sur. Cuántas millas recorro sobre la lavadora blanca. Cuántos viajes al centro de la tierra y al corazón de los Montes Urales llevo a término desde su superficie esmaltada. Y, sin embargo,  cuán pronto el niño de tantos misterios es el hombre que no sabe porqué está aquí.

May 1, 2007

Iniciación

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A los doce años y medio mi vida cambió. Me recuerdo ponderando los vestigios de mi primer cataclismo mientras atravieso una vereda blanca que bordea la escuela municipal, a un costado de la calle que sería entonces carretera. Recuerdo —sin detalles— el tono de aquella mañana  luminosa y me veo allí, encandilado por una culpa inusitada y premonitoria. Si hago desandar los pasos de aquel niño que era yo a mis doce años y medio, lo veo —me veo— trepado en una silla, apoyado en el travesaño de un escaparate viejo —un sólido escaparate de caoba pintado de verde— hurgando con desesperación hasta dar con el atadijo de revistas Luz, la revista sexológica de mi madre. Luego me veo a  horcajadas en la cama, mirando el portento de mi pene erguido, oscuro visitante de aquel tiempo que yo había comenzado a mimar, no sin terror y siempre con asombro. Veo y siento entonces el desconcierto de mi primera eyaculación, la evidencia de una sensación incomprensible, que aquella mañana, quizás desde temprano, no lo sé, me había estado transportando a lo largo de incontables minutos, hasta desplomarme en el colchón desnudo de mi cama. Luego la caminata, sobre expuesta a la luz de la mañana y aquella nítida sensación de culpa.

Se ha borrado de mí el eslabón entre aquella mañana de mi infancia —en la que debí refugiarme en el juramento de que jamás volvería a cruzar aquel lindero de mi cuerpo— y la reincidencia. Me veo, días o meses después, acostado sobre el colchón, haciéndole el amor a nadie. Me veo allí inventando una seca oquedad de cobijas, besando con forjada pasión una almohada antialérgica que se habría de desmoronar según transcurriera mi adolescencia. Y,  luego de aquella inesperada iniciación, me veo caminando en las noches por la urbanización solitaria —solitario—, acosado por cuerpos morenos desnudos y sobre todo culpables.

Me miro a mí mismo, muchos años antes. Tengo siete o nueve años y estoy acostado sobre un áspero edredón en la habitación de mi tía Isabel Carlota, una habitación tabicada en la que yo jugaba a los dardos, y en cuyo refugio vespertino comenzaría a envilecerse —felizmente, digo hoy— mi trámite con una religiosidad que, tal como era,  nunca me perteneció. Me veo allí,  asaltando las gavetas de una peinadora color humo, pegado al colchón, hurtándoles a mis tíos el estremecimiento clandestino que me provocaba una revistita que alternaba chistes colorados y fotografías de mujeres rollizas y descalzas. Luego me veo en las calles empinadas de Petare colonial. Es un viernes o un jueves de una semana cualquiera,  de un día amarillo como una estampa. Hay una iglesia rosada en mi recuerdo, de un rosa pobre y desleído, y yo me hinco sobre un taburete de madera, pronto a reconocer y a expiar frente a Dios todas y cada una de mis culpas. Recuerdo un cuadernillo descosido, con unas figuras tontas que querían representar las tres divinas personas y, detrás de las páginas del catecismo descuadernado, como una admonición, la mueca de una monja ofendida frente a mis  razonamientos. Recuerdo mi primer pecado gramatical, el infierno convocado por mi momentánea obstinación en omitir, en beneficio de una respuesta terrenal, las redundancias con las que el catecismo tonto construía su teología.  Y recuerdo los cirios de una tarde y un muerto plantado en la nave central, inmersos en un interregno en el que los niños contemplamos, en respetuoso terror, el tránsito de un alma al cielo que nos estaba explicando  el catecismo.

Pasa el tiempo, transcurre el tiempo. Yo no sé cuándo comienza esa urgencia que años más tarde conducirá mi vida entera. Estoy en el zaguán del caserón colonial de mi tía Carlota —retozo en la oscuridad, con mis primos, con los niños—. A veces, cuando beso el piso gélido del zaguán o de la sala (una sala con poyo y ventana hacia la calle en pendiente que conduce a la línea del tren), el  olor irrecuperable a un  polvillo de la infancia me ancla a ese momento de la vida. Duermo en la sala y sueño un sueño que nunca más olvidaré: una niña mece sus piernas mientras se  columpia en una mecedora. Siento, más que miro, sus piecitos desnudos  aunque, a la vez, unos zapatos los cubren. Unas manos o ella misma o el sueño la descalzan. E inmediatamente se materializan otras zapatillas, sandalias cubiertas que me separan de la golosina de sus pies. Es un sueño corto y sin embargo, de un espesor inacabable, una actividad subrepticia que atraviesa mi vida, como si se tratara del deshojamiento de una cebolla infinita.

Pasa el tiempo. Tengo seis, años, quizás. No: tengo cuatro, o cinco. Me veo, viendo. Me miro mirando. Me miro frente a la vecindad, en el callejón oscuro y pueblerino que es la calle en pendiente frente a la casa de mi tía: la calle Lino de Clemente. En el claroscuro de aquella noche recortada en el recuerdo, frente a la portezuela prohibida por el decoro de mis tíos, una mujer morena se recuesta de la pared de bahareque: es una mujer joven y bella y humilde, la hija de Águedo. La mujer sacude la cabeza y dice que jamás se dejará ver desnuda y el hombre insiste, le gustaría que ella se diera una achinadita. Tengo cinco años,  quizás menos, y no entiendo. Sólo me angustia la idea de que esa mujer bella quiera desnudarse y a partir de aquella noche, por mucho tiempo, le pediré a Dios que me permita ver desnuda a una mujer, a mi mujer, cuando me case.

Pasa el tiempo. Mi pubertad y mi adolescencia transcurren en blanco y negro: un claroscuro en el cual, detrás de los juegos y de las obligaciones escolares me asomo, por primera vez, a mi más fiel obsesión: las películas. Asocio su irrupción, no sé porqué, con el  balcón del apartamento de mi madre, una noche o una tarde y a Manuelito, un adolescente a quien mucho después podría haber calificado de perverso. Solo recuerdo las esquelas enmarcadas de negro del tabloide,  las caricaturas de falditas cortas y la cara de Manuelito que, él sí, podía ver las películas. Y mi certeza, hincándome con un dolor,  de que aquel placer prohibido era mucho —sería mucho— para mí.

Pasa el tiempo: quizás estoy de vuelta en los doce años. Un velillo pubescente me sorprende en el baño de mi tía Carlota, de nuevo el caserón colonial, ese mismo caserón en el que, meses después la muerte entrará por la puerta grande. Son meses imborrables y hay una pátina en ese tiempo, hay un dulzor amargo y neblinoso que me sumerge en las calles en pendiente del Petare colonial, en unas caminatas que atravesaban la Semana Santa y que desembocaban muchas veces frente a los cirios del Nazareno de aquella misma iglesia rosada, a cuyos luminosos estertores ofrendaba yo todas mis culpas, a cambio de la salud ya imposible de mi abuela.

La muerte de la abuela es una impronta. Recuerdo cómo, por tantos días en esos días,  me perdía en el laberinto de la platabanda en construcción para huir de su padecimiento y cómo me escondía a mirar, como un conjuro, las estampitas de mujeres desnudas (¿de dónde las recortaba? ¿Cómo las obtenía?)  que me libraban por instantes de la ansiedad, hasta la próxima urgencia y la próxima infracción. Recuerdo mis caminatas cabalísticas sobre las calles cerosas de esperma, en las que el camino de mis pisadas dibujaba un complicado guarismo que protegía a la abuela de la desaparición. Y recuerdo, sobre todo, la noche infausta de su muerte, la carrera heroica de un niño de doce años que llevaba la misión de salvarla si conseguía a tiempo un medicamento menor,  un algodón, o un frasco de alcohol, qué sabe uno.
Recuerdo los quince minutos de su agonía, el trabajo de clepsidra de mi corazón asustado, la respiración de aquella habitación umbría de la parte baja de la casa en la que yo me mantuve pegado al colchón, restregando mi pene en el colchón mientras mi abuela agonizaba en la habitación de arriba, casi sin moverme,  sintiendo que mi pecado, mi horroroso pecado  de no despegarme del colchón iba a matar a la abuela, estaba matando a la abuela, hasta que llegaron a mis oídos el pánico desgarrado de mi prima "se está muriendo" y el llanto inusitado de las mujeres de la casa, mi tía Carlota, mi madre y no sé cuándo me levanté, ni cuando dejé de consumar mi virtual asesinato.

La muerte de mi abuela me dejó una impronta. No hay otro día como aquel día brumoso, con el féretro anclado en la sala intermedia de la casa, la sala abierta al patio, esa que una vez fuera el cuarto tabicado de los dardos y las revistas del "Gallo Pelón", en el que tuve mis primeros pecados con la cama, justamente como aquel que mató a la abuela.  No hay otro día  como la mañana en que mi tío se asomó al ataúd anclado en medio de la sala  a llorar y a imprecar secretamente frente al cadáver de mi abuela, un tío incomprensible, hecho de horror y de odio, todavía no lo sé.  No hay otra noche como la de ese mismo día en la sala de arriba, la misma de los postigos y el poyo de la ventana donde mi prima jugaba a los "yakis" y en la que una vez soñé con la niña vestida y descalza, y que en medio de la mañana de aquel día fatídico me hizo buscar a mi madre para que, con un abrazo que nunca se dio, me rescatara del terror a la muerte. No hay otro día, en fin, que convoque  al absurdo de ver a mi madre colgada al catafalco de la suya, luchando por salvarla, con la misma ingenuidad, con la misma desesperación que imprimiera muchos años antes, para resucitar un periquito muerto, amado y odiado, a fuerza de golpecitos sobre una lata vacía que le sirvió de prematuro catafalco.       

En blanco y negro hice el recorrido hasta la adolescencia: yo miro al niño que era yo y lo descubro, entre juego y juego, entre el deber y la exploración, hurtado a la aventura subrepticia de esconder sus recortes de mujeres desvestidas. Yo miro al niño colgado al pálpito de una prohibición cada vez más incomprensiblemente deliciosa, escondido en su cuarto, atesorando bajo el colchón un contradictorio caudal de mujeres en blanco y negro, de senos túrgidos, de nalgas erizadas, de piscinas interminables que repetían el paraíso de una  inefable agonía. Yo miro al muchacho con bozo en sus largas caminatas en busca del último impreso de una revista que se llamaba Lulú para acaudalar sus ejemplares número a número, edición tras edición y terminar destruyéndolos en un repetido acto de contrición y enmienda, de temeroso arrepentimiento, de propósito de no reincidir en el mismo pecado con que una vez maculara sus Nueve Primeros Viernes. Yo miro al adolescente  que inventa un doble juego con el juego de básquetbol, hecho atleta para el sudor y su cuerpo y, a la vez, convertido en cambista y usurero, cómplice del compañero del bachillerato que suministraba un folletón que se llamaba “El Pingüino”, con chicas calatas, de senos enormes, de pezones túrgidos y de areolas extendidas, unos pezones cuya diminuta orografía aprendería a envidiar a lo largo de los años. Yo contemplo al muchacho que desemboca por fin en el alivio de su juventud y esa juventud tiene el color de las revistas contrabandeadas en los salones de clase, bebidas en los rincones con apuro, consumidas y desechadas y vueltas a consumir, compañeras inútiles de una codicia sin hartazgo y sin esperanza. Yo miro al adolescente que desemboca un día en el pasillo en penumbra de una sala de cine  y se instala por siempre a descifrar lo indescifrable y ciego de fantasías se convierte en hombre.

Yo miro al fantasma a cuya memoria dedico estas páginas. Lo veo levantarse de la cama de este hotel de segunda y asomarse a la ventana a contemplar el hielo que se derrite allá en la esquina de Mama Leones, desterrado de sí mismo,  devastado ante la traición de esta ciudad idolatrada y extraña. Lo adivino un instante frente a la luz cristalina que deslíe la nieve, amanecido de súbito frente a la vida, virginal por primera vez, asqueado y conmovido ante al cuerpo de Carola que yace sobre la cama. Lo  veo girar sobre sus talones y buscarme a los ojos con el mismo rostro que tantas veces he sorprendido en el espejo y no encuentro qué responderle. Yo no sé si las palabras podrán rescatarme de mi naufragio. Pero estoy convencido de que en aquella mañana de mis doce años y medio, enterrada en el tiempo,  más allá de la estepa de la página en blanco, está la respuesta.






















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