A los doce años y medio mi vida cambió. Recuerdo haber ponderado mi primer cataclismo mientras atravesaba una vereda blanca que bordeaba la escuela municipal, a un costado de la calle que sería entonces carretera. Recuerdo —sin detalles— el tono de aquella mañana luminosa y me veo allí, encandilado por una culpa inusitada y premonitoria. Si hago desandar los pasos de aquel niño que era yo a mis doce años y medio, lo veo —me veo— trepado en una silla, apoyado en el travesaño de un escaparate viejo —un sólido escaparate de caoba pintado de verde— hurgando con desesperación hasta dar con el atadijo de revistas Luz, la revista sexológica de mi madre. Luego me veo a horcajadas en la cama, mirando el portento de mi pene erguido, oscuro visitante de aquel tiempo que yo había comenzado a mimar, no sin terror y siempre con asombro. Veo y siento entonces el desconcierto de mi primera eyaculación, la evidencia de una sensación incomprensible, que aquella mañana, quizás desde temprano, no lo sé, me había estado transportando a lo largo de incontables minutos, hasta desplomarme en el colchón desnudo de mi cama. Luego la caminata, sobre expuesta a la luz de la mañana y aquella nítida sensación de culpa.
Se ha borrado de mí el eslabón entre aquella mañana de mi infancia —en la que debí refugiarme en el juramento de que jamás volvería a cruzar aquel lindero de mi cuerpo— y la reincidencia. Me veo, días o meses después, acostado sobre el colchón, haciéndole el amor a nadie. Me veo allí inventando una seca oquedad de cobijas, besando con forjada pasión una almohada antialérgica que se habría de desmoronar según transcurriera mi adolescencia. Y, luego de aquella inesperada iniciación, me veo caminando en las noches por la urbanización solitaria —solitario—, acosado por cuerpos morenos desnudos y sobre todo culpables.
Me miro a mí mismo, muchos años antes. Tengo siete o nueve años y estoy acostado sobre un áspero edredón en la habitación de mi tía Isabel Carlota, una habitación tabicada en la que yo jugaba a los dardos, y en cuyo refugio vespertino comenzaría a envilecerse —felizmente, digo hoy— mi trámite con una religiosidad que, tal como era, nunca me perteneció. Me veo allí, asaltando las gavetas de una peinadora color humo, pegado al colchón, hurtándoles a mis tíos el estremecimiento clandestino que me provocaba una revistita que alternaba chistes colorados y fotografías de mujeres rollizas y descalzas. Luego me veo en las calles empinadas de Petare colonial. Es un viernes o un jueves de una semana cualquiera, de un día amarillo como una estampa. Hay una iglesia rosada en mi recuerdo, de un rosa pobre y desleído, y yo me hinco sobre un taburete de madera, pronto a reconocer y a expiar frente a Dios todas y cada una de mis culpas. Recuerdo un cuadernillo descosido, con unas figuras tontas que querían representar las tres divinas personas y, detrás de las páginas del catecismo descuadernado, como una admonición, la mueca de una monja ofendida frente a mis razonamientos. Recuerdo mi primer pecado gramatical, el infierno convocado por mi momentánea obstinación en omitir, en beneficio de una respuesta terrenal, las redundancias con las que el catecismo tonto construía su teología. Y recuerdo los cirios de una tarde y un muerto plantado en la nave central, inmersos en un interregno en el que los niños contemplamos, en respetuoso terror, el tránsito de un alma al cielo que nos estaba explicando el catecismo.
Pasa el tiempo, transcurre el tiempo. Yo no sé cuándo comienza esa urgencia que años más tarde conducirá mi vida entera. Estoy en el zaguán del caserón colonial de mi tía Carlota —retozo en la oscuridad, con mis primos, con los niños—. A veces, cuando beso el piso gélido del zaguán o de la sala (una sala con poyo y ventana hacia la calle en pendiente que conduce a la línea del tren), el olor irrecuperable a un polvillo de la infancia me ancla a ese momento de la vida. Duermo en la sala y sueño un sueño que nunca más olvidaré: una niña mece sus piernas mientras se columpia en una mecedora. Siento, más que miro, sus piecitos desnudos aunque, a la vez, unos zapatos los cubren. Unas manos o ella misma o el sueño la descalzan. E inmediatamente se materializan otras zapatillas, sandalias cubiertas que me separan de la golosina de sus pies. Es un sueño corto y sin embargo, de un espesor inacabable, una actividad subrepticia que atraviesa mi vida, como si se tratara del deshojamiento de una cebolla infinita.
Pasa el tiempo. Tengo seis, años, quizás. No: tengo cuatro, o cinco. Me veo, viendo. Me miro mirando. Me miro frente a la vecindad, en el callejón oscuro y pueblerino que es la calle en pendiente frente a la casa de mi tía: la calle Lino de Clemente. En el claroscuro de aquella noche recortada en el recuerdo, frente a la portezuela prohibida por el decoro de mis tíos, una mujer morena se recuesta de la pared de bahareque: es una mujer joven y bella y humilde, la hija de Águedo. La mujer sacude la cabeza y dice que jamás se dejará ver desnuda y el hombre insiste, le gustaría que ella se diera una achinadita. Tengo cinco años, quizás menos, y no entiendo. Sólo me angustia la idea de que esa mujer bella quiera desnudarse y a partir de aquella noche, por mucho tiempo, le pediré a Dios que me permita ver desnuda a una mujer, a mi mujer, cuando me case.
Pasa el tiempo. Mi pubertad y mi adolescencia transcurren en blanco y negro: un claroscuro en el cual, detrás de los juegos y de las obligaciones escolares me asomo, por primera vez, a mi más fiel obsesión: las películas. Asocio su irrupción, no sé porqué, con el balcón del apartamento de mi madre, una noche o una tarde y a Manuelito, un adolescente a quien mucho después podría haber calificado de perverso. Solo recuerdo las esquelas enmarcadas de negro del tabloide, las caricaturas de falditas cortas y la cara de Manuelito que, él sí, podía ver las películas. Y mi certeza, hincándome con un dolor, de que aquel placer prohibido era mucho —sería mucho— para mí.
Pasa el tiempo: quizás estoy de vuelta en los doce años. Un velillo pubescente me sorprende en el baño de mi tía Carlota, de nuevo el caserón colonial, ese mismo caserón en el que, meses después la muerte entrará por la puerta grande. Son meses imborrables y hay una pátina en ese tiempo, hay un dulzor amargo y neblinoso que me sumerge en las calles en pendiente del Petare colonial, en unas caminatas que atravesaban la Semana Santa y que desembocaban muchas veces frente a los cirios del Nazareno de aquella misma iglesia rosada, a cuyos luminosos estertores ofrendaba yo todas mis culpas, a cambio de la salud ya imposible de mi abuela.
La muerte de la abuela es una impronta. Recuerdo cómo, por tantos días en esos días, me perdía en el laberinto de la platabanda en construcción para huir de su padecimiento y cómo me escondía a mirar, como un conjuro, las estampitas de mujeres desnudas (¿de dónde las recortaba? ¿Cómo las obtenía?) que me libraban por instantes de la ansiedad, hasta la próxima urgencia y la próxima infracción. Recuerdo mis caminatas cabalísticas sobre las calles cerosas de esperma, en las que el camino de mis pisadas dibujaba un complicado guarismo que protegía a la abuela de la desaparición. Y recuerdo, sobre todo, la noche infausta de su muerte, la carrera heroica de un niño de doce años que llevaba la misión de salvarla si conseguía a tiempo un medicamento menor, un algodón, o un frasco de alcohol, qué sabe uno.
Recuerdo los quince minutos de su agonía, el trabajo de clepsidra de mi corazón asustado, la respiración de aquella habitación umbría de la parte baja de la casa en la que yo me mantuve pegado al colchón, restregando mi pene en el colchón mientras mi abuela agonizaba en la habitación de arriba, casi sin moverme, sintiendo que mi pecado, mi horroroso pecado de no despegarme del colchón iba a matar a la abuela, estaba matando a la abuela, hasta que llegaron a mis oídos el pánico desgarrado de mi prima "se está muriendo" y el llanto inusitado de las mujeres de la casa, mi tía Carlota, mi madre y no sé cuándo me levanté, ni cuando dejé de consumar mi virtual asesinato.
La muerte de mi abuela me dejó una impronta. No hay otro día como aquel día brumoso, con el féretro anclado en la sala intermedia de la casa, la sala abierta al patio, esa que una vez fuera el cuarto tabicado de los dardos y las revistas del "Gallo Pelón", en el que tuve mis primeros pecados con la cama, justamente como aquel que mató a la abuela. No hay otro día como la mañana en que mi tío se asomó al ataúd anclado en medio de la sala a llorar y a imprecar secretamente frente al cadáver de mi abuela, un tío incomprensible, hecho de horror y de odio, todavía no lo sé. No hay otra noche como la de ese mismo día en la sala de arriba, la misma de los postigos y el poyo de la ventana donde mi prima jugaba a los "yakis" y en la que una vez soñé con la niña vestida y descalza, y que en medio de la mañana de aquel día fatídico me hizo buscar a mi madre para que, con un abrazo que nunca se dio, me rescatara del terror a la muerte. No hay otro día, en fin, que convoque al absurdo de ver a mi madre colgada al catafalco de la suya, luchando por salvarla, con la misma ingenuidad, con la misma desesperación que imprimiera muchos años antes, para resucitar un periquito muerto, amado y odiado, a fuerza de golpecitos sobre una lata vacía que le sirvió de prematuro catafalco.
En blanco y negro hice el recorrido hasta la adolescencia: yo miro al niño que era yo y lo descubro, entre juego y juego, entre el deber y la exploración, hurtado a la aventura subrepticia de esconder sus recortes de mujeres desvestidas. Yo miro al niño colgado al pálpito de una prohibición cada vez más incomprensiblemente deliciosa, escondido en su cuarto, atesorando bajo el colchón un contradictorio caudal de mujeres en blanco y negro, de senos túrgidos, de nalgas erizadas, de piscinas interminables que repetían el paraíso de una inefable agonía. Yo miro al muchacho con bozo en sus largas caminatas en busca del último impreso de una revista que se llamaba Lulú para acaudalar sus ejemplares número a número, edición tras edición y terminar destruyéndolos en un repetido acto de contrición y enmienda, de temeroso arrepentimiento, de propósito de no reincidir en el mismo pecado con que una vez maculara sus Nueve Primeros Viernes. Yo miro al adolescente que inventa un doble juego con el juego de básquetbol, hecho atleta para el sudor y su cuerpo y, a la vez, convertido en cambista y usurero, cómplice del compañero del bachillerato que suministraba un folletón que se llamaba “El Pingüino”, con chicas calatas, de senos enormes, de pezones túrgidos y de areolas extendidas, unos pezones cuya diminuta orografía aprendería a envidiar a lo largo de los años. Yo contemplo al muchacho que desemboca por fin en el alivio de su juventud y esa juventud tiene el color de las revistas contrabandeadas en los salones de clase, bebidas en los rincones con apuro, consumidas y desechadas y vueltas a consumir, compañeras inútiles de una codicia sin hartazgo y sin esperanza. Yo miro al adolescente que desemboca un día en el pasillo en penumbra de una sala de cine y se instala por siempre a descifrar lo indescifrable y ciego de fantasías se convierte en hombre.
Yo miro al fantasma a cuya memoria dedico estas páginas. Lo veo levantarse de la cama de este hotel de segunda y asomarse a la ventana a contemplar el hielo que se derrite allá en la esquina de Mama Leones, desterrado de sí mismo, devastado ante la traición de esta ciudad idolatrada y extraña. Lo adivino un instante frente a la luz cristalina que deslíe la nieve, amanecido de súbito frente a la vida, virginal por primera vez, asqueado y conmovido ante al cuerpo de Carola que yace sobre la cama. Lo veo girar sobre sus talones y buscarme a los ojos con el mismo rostro que tantas veces he sorprendido en el espejo y no encuentro qué responderle. Yo no sé si las palabras podrán rescatarme de mi naufragio. Pero estoy convencido de que en aquella mañana de mis doce años y medio, enterrada en el tiempo, más allá de la estepa de la página en blanco, está la respuesta.